“El noble Señor Kimune estaba muy orgulloso por el valor y la destreza de su joven sobrino y así se lo comentó al anciano Sohung.
“Mi sobrino posee un fuerza admirable para su edad, desafía incluso a los compañeros mayores que él”.
Sohung después de escuchar las palabras de su señor, le dijo:
“Si me lo permitís estoy dispuesto a luchar con él, y apuesto mi vida a que lograré vencerlo sin desenvainar mi espada”
“Venerable Maestro, le dijo Kimune, no tenéis miedo que por vuestra edad, el encuentro con mi sobrino os pueda resultar contraproducente ante la fogosidad de mi sobrino?”
“Dejad que el cielo y el viento se exprese en el camino de la espada”, respondió el Venerable Sohung
“Sea pues como deseáis, pero sobre el tatami pondréis a prueba mi agradecimiento por vuestras enseñanzas y mi admiración por el ímpetu de mi sobrino”.
Aquel mismo día se reunieron alrededor del tatami un gran número de samuráis; a pesar del silencio que inundaba la sala, muchos se preguntaban si el anciano Samurai, no había ido demasiado lejos en su desafío al joven sobrino del Señor Kimune.
Una y otra vez el joven Naghosine, el sobrino del señor Kimune, se arrojaba sobre su enemigo con la espada desenvainada en posición de ataque; y una y otra vez el viejo samurái se deslizaba sobre el tatami sin desenvainar la suya.
Llegó un momento que hasta la luna se detuvo para contemplar la suave danza entre el anciano Maestro Sohung y el fogoso Naghosine. El rostro de Naghosine brillaba por el sudor, sin embargo Sohung permanecía con una amable serenidad que infundía un gran respeto.
En un momento dado el joven samurái perdió el control y cayó al suelo clavándose en el muslo su propia espada.
El anciano maestro le ayudó a levantarse para que ambos pudieran inclinarse y mostrar sus respetos al Señor Kimune, ante los antepasados y, finalmente uno ante el otro para ratificar la expresión del cielo.
Mientras el Señor Naghosine ponía sobre los hombros del maestro samurái el blanco cendal de la victoria, escuchó como éste le susurraba al oído:
“Sentirse orgulloso de su fuerza cuando aún no se domina la fogosidad es como vanagloriarse públicamente de sus defectos”
“Pero has vencido, venerable Sohung”, le dijo el Señor Kimune
“No, mi Señor, hemos salvado a un buen Samurai”

“El Maestro no nos prueba,
en todo caso nos pone medios para darnos cuenta en donde estamos”
Babaji