La experiencia del Satori
“Si mantenemos nuestra atención fija en el mundo físico, no podemos ver a través de él. Sin hacer caso de nuestra información interior, consideramos nuestros cuerpecitos humanos como algo opaco y separado de nuestro Cuerpo total, el universo, que en consecuencia nos parece también separado y opaco. Algunos de nuestros poetas, sin embargo, no están tan engañados, ni tan encallados en el llamado sentido común, sino que abarcan la totalidad y celebran su transparencia. De su amigo muerto, escribió Rainer Maria Rilke:
“Pues estos valles umbríos y estas hierbas ondulantes
y estos arroyos de agua viva, eran su rostro”
pero no paró aquí su tarea de disolver el rostro y el cuerpo humanos: su misión declarada era ir y “volver la tierra en la que vivimos y por extensión el universo, invisible y así, trasladarlo a otro plano de realidad superior”. Para Rilke, este vacío omnipresente, nuestro rostro eterno, no tiene fronteras. Como dice de sí mismo Traherne:
“El sentido mismo era yo:
No sentía escoria ni materia ni alma,
ni límites, ni bordes, como vemos en un cuenco.
Mi esencia era capacidad”
Y en un pasaje más conocido: “Nunca gozamos debidamente del mundo, hasta que el mismo mar corre por nuestras venas, hasta que el firmamento te viste y te coronan las estrellas”. Todo ello no es sino la experiencia del satori en el Zen; tan solo el lenguaje cambia un poco. En el momento del satori, ocurre una explosión y el hombre no tiene sino al universo como cuerpo. “Siente que su cuerpo y mente, la tierra y los cielos, se funden en todo, pero alerta y totalmente despierto”, dice el maestro Po Shan:
“Toda la tierra no es sino uno de mis ojos,
una chispa de mi luz radiante”
Douglar E. Harding
Del libro “Vivir sin cabeza”
“La paciencia es más que el oro:
puede vencer a Dios mismo y traer a mi corazón todo cuento tiene y es”
Angelo Silesio

